SOCIO DE LA CAC-EH
MEMORIAS INFANTILESCAS
Como añoro esas tardes en San Antonio, mi tierra adorada; donde solía ascender la montaña próxima a la casa de mis padres – en un tiempo también mi morada - para observar atónito ese cielo rojo como el fuego perdiéndose en el horizonte tiñendo de dorado las laderas de las pardas montañas cubiertas de vegetación chaparra. Ese radiante sol como un enorme disco de fuego que hería mis pupilas al contemplarlo y que coronaba las heladas cumbres del milenario Huallil.
Lejos solía verse al tío Mario viniendo de ver a sus vacas o a mis primos Jorge y Diego llevando a los borregos, con el saquillo de hierba al hombro; o a mi abuela caminando por el patio de su casa; o más arriba, en el camino entre el monte era común ver a don Arnoldo arremangado sus pantalones hasta las rodillas con un sombrero raído su abundante barba de avanzada edad y cargado sobre sus hombros una pobre carga de leña y delante de él, orondos caminaban sus chivos. Y mientras todo eso sucedía me deleitaba perdiéndome en mis sueños infantiles – en mi imaginación – con el vibrar de las cuerdas de un charango similar a la caída de una lejana cascada o el vibrar del viento con las dulces notas de una zampoña enamorada. Imaginando otros mundos, planeando estrategias, construyendo sueños y de pronto despertando a la realidad. En ese lugar cuando caía la noche, sentado en una rústica y milenaria piedra, y mientras el viento helado de la noche cercana abofeteaba mi rostro, recordaba tantas cosas que he vivido en estos parajes. Que nostalgia recordar mi agridulce niñez, los caminos por los cuales tantas veces había recorrido llevando a los borregos o cargando la hierba para los cuyes, seguido del leal amigo canino llamado “chapulín” el mismo que tuvo un final siniestro al morir envenenado; u otras veces ayudar a papa a trasladar sus vacas con un temor intenso de que estas -y en la mayoría de veces acontecía- enredaran su extremidades anteriores con la soga que las sujetaba y ante tal situación ver estallar el coraje de papa era algo terrorífico.
Recordé el lugar donde enterramos al Tigre (así se llamaba un hermoso perro que nos regalaron y cuyos colores matizados de blanco con óvalos negros uniformemente repartidos eran inexplicablemente asombrosos). Aquel siniestro día en que lo encontramos muerto – luego de haberse tomado la cicuta – lloramos en silencio sobre su yerto cadáver. Luego lo trasladamos en una comitiva fúnebre formada por unos primos vecinos (Pato, Sandrita y Fanny) y mis hermanos y con la honda pena en el alma, allí, en un hoyo improvisado, al pie de un vetusto árbol de gañal le dimos el ultimo adiós a tan caro amigo; con las lagrimas a punto de estallar en nuestros parpados. Posteriormente colocamos una cruz de madera elaborada por mí, sobre su fresca tumba, mientras nos preguntamos hacia donde iría su alma. Todos inocentemente suponíamos que en ese momento debía estar correteando por los campos del paraíso – con los demás perros fallecidos – con su cola levantada, su húmeda lengua colgando de su boca y jadeante como cuando en un arrebato de felicidad venia a mi encuentro dando saltos de alegría al divisarme a lo lejos.
Recordaba también a mi abuelo de regreso a casa desde Habashuayco viendo a sus animales, con su humeante cigarro -obra de su propio arte- su machete recostado oblicuamente sobre su brazo, su sombrero de ala ancha y su prominente y espesa barba negra que yo solía relacionarlo con el Che Guevara o esos personajes revolucionarios de antaño – como tal era su ideología. Solía acompañarlo siempre un fiel perro llamado Titán que tuvo un final idéntico al de mis amigos caninos. Aun recuerdo a mi abuelo, en las tardes sentado en el patio en una silla de madera disfrutando de su libro favorito mientras degustaba de su cigarro, o entonando en su guitarra dulces notas de lejanas canciones. De sus canciones que se perdieron en el tiempo mas no en su memoria.
Hasta hace poco volví a aquel lugar que fue testigo de mis confidencias y de mis pesares. No había cambiado mucho, de hecho nada, con su mismo aire melancólico y solitario. Con pena advertí que aunque ese lugar se mantiene intacto todo a su alrededor había cambiado sustancialmente. Todos - o la mayoría - hemos partido hacia otros destinos, buscando otras vidas, quizá otras muertes. Ya no veo a la misma gente, mis amigos se han ido, los niños que dejé cuando partí de mi tierra ahora los veo convertidos en jóvenes a los que en su mayoría ya no los reconozco, y algunos viejos – incluyo Don Arnoldo, el emblemático viejo– se han marchado al otro lado de la vida.
A veces -por no decir siempre- cuando con tanta tristeza recuerdo esa niñez de feliz convivencia con mis tíos con los cuales jugaba en mis acostumbradas ranclas de casa escapando del eterno martirio de tejer el sombrero de paja toquilla, huyendo por entre la chacra de la persecución de mamá con el cogollo de paja que obviamente no lograba alcanzarme gracias a mi velocidad. Aquel momento de incertidumbre tenía su recompensa: disfrutar de las incomparables galletas de vainilla adquiridas en la tienda y acompañar a mis tíos favoritos a llevar a sus borregos a casa en esas tardes doradas, con ese cielo rojo y en mi memoria esa celestial música latinoamericana que me llevaba a vivir en países imaginarios.
Y con gran nostalgia recordaba aquellos felices domingos de reunión improvisada de primos en casa de la abuela. Improvisada digo porque sin ponernos de acuerdo coincidíamos en el mismo lugar y a la misma hora – coincidencia que se convirtió luego en costumbre- y nos perdíamos en nuestros juegos, en nuestras diabluras y riñas eventuales. Jugábamos a veces sin importar el tiempo mismo que a veces lo prolongábamos hasta muy entrada la tarde, y después de aquello la abuela nos obsequiaba el tan apetecido “mote con dulce” que era una golosina sin igual para mi tiempo y con gran algarabía devorábamos en mesa general aquel dulce manjar de mi niñez. En otras ocasiones entusiasmados y en desordenado jolgorio empujábamos el carro tablero mientras uno de nosotros lo conducía y otros primos copaban el espacio disponible en una simulación inocente de viaje al Sigsig, el mismo que para mi época consistía en un privilegio especial para los bien portados. Obviamente estaba excluido de la opción.
Y continuando con mis memorias recuerdo también el triciclo de madera artísticamente elaborado por el tío Olmedo (que a veces se incluía en nuestros juegos antes de que se fuera para Cuenca), como lo era también el carro tablero, la carretilla y una serie de atractivos que tanta atención recibían de mi parte. Y a propósito de carro tablero me viene a la memoria aquellos días cuando organizábamos un viaje a la loma de Pingllo, viaje generalmente comandado por el tío Olmedo seguido por una veintena de sobrinos, jadeantes, con las caras rojas por el cansancio pero con la ilusión del regreso que con frecuencia era un espectáculo algo fantástico; el carro lleno de guambras entre risas y gritos unos mas de susto que de gusto, (con los ojos desorbitados y agudos gritos de fingida alegría) pero al fin llegábamos al punto de partida comentando los pormenores de la travesía. Y precisamente en uno de estos acostumbrados viajes cuando al llegar a casa de la abuela sufrimos un aparatoso accidente dando con nuestra humanidad en el suelo, quedando prácticamente atrapados debajo de la estructura de madera del vehículo. Y lo más cómico, era ver salir uno a uno a mis primos con brazos lastimados, afortunadamente de manera leve, codos sangrantes, rodillas en la misma situación, cara rallada y lo peor con la vergüenza palpitando en la cara al darnos cuenta que nuestros tíos y abuelos habían presenciado la escena. Pero faltaba alguien ¿Dónde puede estar? ¿A dónde habrá ido? De pronto alguien sale debajo de los escombros. Tiene un aspecto lamentable, cubierto de polvo y llorando escandalosamente. Es Jorge; uno de los primos que participó del siniestro y seguramente fue el más afectado o tardó en darse cuenta de la situación. Cuanta nostalgia siento al recordar en estas tierras lejanas donde me encuentro; esos inolvidables juegos infantiles que hacían olvidarme del otro lado de mi niñez que a veces me place olvidar.
Gracias Ramiro por rememorar aquellos años inolvidables de nuestra infancia, por que a parte del dolor que pude sentir con el carro tablero encima, lo más emotivo y nostálgico son las vivencias que compertí con ustedes mis queridos prim@s.
ResponderEliminarAtentamente,
Jorge
Ramiro, que hermosos recuerdos que llevas en tu mente.Yo los llevo tambien en mi mente y en mi alma tantos momentos inolvidables llenos de magia de nuestra niñez.
ResponderEliminarYo en mi época de niñez no contaba con un carro de madera, yo simplemente disfrutaba derrochando adrenalina deslizandome por la llanura sobre una hoja de penco.
Gracias por hacerme recordar aquellos momentos.
Atentamente,
Martha Moscoso