Aquel día por la tarde entró al cuarto obscuro que por varios años fue el aposento de
sus padres, cogió la llave que pendía de la viga de la casa y se propuso revisar la maleta vieja y descolorida que había dejado su padre, aquella caja traída desde Balzar en aquellos tiempos que trabajaba de jornalero en las bananeras, la compró allá para llenarle de cosas que luego entregaría a su esposa y a sus hij@s el mismo día que volvería a su casa; el día de regreso, emprendió su viaje desde el valle costanero hacia el páramo andino, primero en bus y luego a pie, con su maleta cargada en su hombro izquierdo caminaba por los senderos culebreros desde Cutchil hasta San Antonio, sintiendo el olor a pasto, a ciénega, a tierra húmeda, aroma conocido y familiar que le trasladaba a su casa, a su hogar, a su propia tierra que le vio nacer. Sus hij@s se habían arreglado para aquel esperado encuentro, se lavaron la cara, se habían raspado los pies con un pedazo de teja o piedra pómez para sacar el sucio que se había acumulado por andar sin zapatos, estaban limpios e impecables, lo esperaban impacientes y sus corazones latían intensamente, miraban con asombro y curiosidad a lo lejos a un hombre con una casaca negra, era su padre que lentamente se acercaba para estrecharles y darles un abrazo, sí un abrazo fuerte que lo tenia guardado desde hace mucho tiempo, desde hace ocho meses que los dejó mientras dormían.
Los estrechó en sus brazos, los guambras con cierto recelo escondían la mirada, uno de ellos le apretó fuertemente la pierna como queriendo decir que no se vaya, mientras otro en silencio jugaba con el dedo índice con el cierre de la casaca de su padre…
La maleta traída con esmero desde el occidente fue vaciada completamente, cambio su contenido y paso a ser la que guardaría durante varios años, hasta los últimos días de su vida, “sus cosas”, confidencias, secretos y angustias; pasó por varios lugares hasta que por último le dio una ubicación definitiva sobre el troje que guardaba maíz, creo que lo puso allí por razones de seguridad y por estar a mano por si acaso lo necesitaba para sacar algún libro y leer los domingos por la tarde o cualquier día después de picotar a las vacas, mientras escuchaba noticias y los pasillos de la legendaria Radio Católica; su esposa hacía la merienda y sus hijos armaban tremendo alboroto en el patio.
Allí estaba la maleta, en el mismo lugar que hace doce años lo dejó su padre, para no herir la memoria de su padre, quiso primero pedir permiso para no ser inoportuno, así lo hizo; con cierto miedo tomó la llave, la introdujo sutilmente, alzó la tapa y sintió amargura, se dejó llevar por aquel olor a tabaco picado que siempre y con cautela su padre llevaba en una bolsa de tela, no aguantó más, sus ojos se humedecieron, una tras otra las lágrimas rodaron por sus mejillas, cayeron al suelo mojando las tablas del suelo empolvado, le temblaron las piernas, buscó apoyo con su brazo en el troje construido de tablas de eucalipto, se reincorporó y miró con asombro, pidió fuerzas para poder ver y revivir el pasado, allí estaban las cosas ordenadas desde el último día que probablemente su padre las miró, las rebuscó, cogió los documentos para su viaje final – para el ingreso al hospital de SOLCA- y volvió a cerrar.
Invadido por miles de ideas una tras otra iba observando las cosas que con estricto cuidado había dejado su padre y que daban fe de su amplía autoformación que para el medio era insuperable: allí estaban aquellos libros que fueron parte de su acervo cultural, principalmente la Biblia Latinoamericana, texto que curiosamente a más de utilizarlo constantemente en reflexiones durante las reuniones, lo había leído en su totalidad por tres veces; las “50 respuestas a los protestantes” escrito por el padre Eliécer Salesman y que hacía un resumen de las sectas más influyentes en el mundo; “El testigo” libro que revelaba las atrocidades y asesinatos cometidos en el gobierno de León Febres Cordero; “Secretos para triunfar en la vida” manual de relaciones humanas; “Las lecturas sabrosas” un libro con lecturas amenas; textos de cursos bautismales, libreta de apuntes con su filos arrugados, compañera de viaje a los cursos y talleres durante su formación; escrituras de los terrenos; cartas polvorientas, una billetera negra en cuyo interior había un pucho de tabaco que había olvidado, la rasuradora con varios gilletes viejos que lo utilizaba los domingos para hacerles la barba y cortar el pelo a todos los vecinos….en fin, todo estaba allí, ordenados pero casi olvidados.
Con afán y cierta nostalgia leía y releía intentando encontrar algo que revele algo que no había conocido; amarillentas y casi rotas encontró cartas que le llamaron la atención, la una escrita desde Madrid con fecha 29 de junio de 1979, por su amigo Pepe Guashima, en la cual, luego de manifestarle su gran afecto explicaba el crecimiento económico del continente europeo en contraste con la pobreza de nuestro país, además de manifestarle el agradecimiento por el compromiso con la organización, otra escrita desde Managua por su compañero Elías Berezueta con fecha 18 de junio de 1980 y una última escrita por Neptalí Ulcuango desde Quito en 1980 en donde se comunicaba luego de varios trámites la abolición de los impuestos a los terrenos de los campesinos de San Antonio.
Pero como todos las cosas tienen su sentido de ser entendió que aquella maleta llena de cosas contenía algo más que cosas, algo más que historias, algo mas de los que sus ojos veían y sus manos tocaban, asimiló y comprendió el mensaje que no estaba escrito, recordó las enseñanzas que su padre lo había repetido más de una vez, la perseverancia, la honradez, la puntualidad, el respeto, y sobre todo, su padre siempre lo había dicho mantén la fe en Dios; comprendió que conocía muy poco y que debía aprender más, prepararse para ser más humilde pero también para ser mejor, conocer para ser más persona, emprender y no decaer; cuando cojas el arado no mires para atrás decía su padre sabiamente basado en un versículo bíblico.
Luego de haber invadido aquel lugar secreto, de haber leído y revisado todo, una a una las ordenó intentando dejar en la misma ubicación todas las cosas de su padre, de aquel hombre que amó la vida pero también amó la muerte.
Realmente me ha conmocionado mucho leer tu narracion tan perfectamente realizada. Me gusto mucho porque me ayuda a comprender la compleja grandeza de mi abuelo y la importancia que tuvo en el desarrollo de nuestra comunidad, en el cambio de ideologia y creo yo que nosotros somos los llamados a seguir con su gran obra.
ResponderEliminarAtt. Ramiro
Realmente sorprendente…. Me gusto mucho el relato, y sentí como si hubiese estado presente… Insisto cada vez que abro el blogger espero encontrar mas historias que me hagan poner la piel de gallina… y esta no solo eso lo logró, hasta llore de emoción… Me siento muy orgullosa de Efrén.
ResponderEliminarPAULINA A.
Aquellas cosas que parecen tan simples y sencillas significan un universo para quienes sentimos en la sangre nuestra razón de ser; me refiero a la maleta del abuelo que hasta ahora, según lo dice Efrén, tiene guardada la escencia de vida con la cual crecieron nuestros padres, tíos, tías y la escencia con la cual día a día nos formamos los nietos de Don Angel.... gracias Efrén por darnos la posibilidad de crecer y formarnos con esas ideas que vieron la luz en nuestra tierra inspiradas en la razón de nuestro abuelito
ResponderEliminarAtentamente,
Jorge
para mi es un gran placer haber entrado en este sitio, ya que he podido leer, tus hermosas lineas que me an recordado lo grande que fué tu padre, mi padre "Cristobal" siempre se refirio a mi tio Ángel como el padre que no tubo, ya que el le enseñó muchas de las cosas que hoy orgullosamente las ejerce, como la responsabilidad, el ser luchador, y sobre todo la practica de la perfección. Aún recuerdo que en su funeral con lagrimas en los ojos y un gran nudo en la garganta, com voz distorcionada me murmuró,¡Ahora se lo que es perder a un padre! Por eso se el gran cariño que le tenia, y que logicamente nos contagio.Gracias por haber abierto este espacio, Gracias. /Juan Pablo Zúñiga/
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