Autor: Jorge Oswaldo Moscoso Zúñiga
Singular hombre este que a veces acompañado por su esposa e incluso hijos o hijas, deambulaba entre las ralas casas de nuestra comunidad San Antonio; aquellos caminos frecuentemente eran pisados por aquel personaje que a la vos de “cambio cueros por bandejas, platos, baldes, bacinillas …” causaba a algunos si no a todos los muchachos un espanto terrible, pues se tenía en la cabeza la idea que el cuerero iba a amarrarnos de pies y manos, escondernos entre sus cueros y llevarnos lejos de nuestra tierra para vendernos o cambiarnos, como era costumbre para él, con más cueros, tamaña mentira patrocinada por las “cautas” mamás que utilizaban ese pretexto para impedir que siendo niños, corriéramos, como lo hacíamos siempre, a las vecindades o anduviéramos por ahí jugueteando.
Frecuente era también, ubicar a los cuereros sentados bajo algún arbusto que les ofrecía sombra, comiendo no se qué, tal vez sería mote, no sé, el hecho es que nunca nos atrevimos a acercarnos, pues el miedo era más fuerte que ese interés infantil de descubrir que es lo que comían aquellos personajes raros para nosotros.
En algunas ocasiones llegaban a nuestra casa, y cuando eso sucedía lo más conveniente era que buscáramos un lugar apropiado para escondernos, no vaya a ser que en realidad se tenga que marchar de lado nuestra familia sin poder despedirnos y sin poder siquiera respirar entre los apretados cueros que ellos cargaban; lo raro es que mamá no tenía miedo alguno, los atendía, a veces cambiaba algún cuero de borrego con unos jarros de plástico y algunas cosas más, en el proceso de negociación se la veía muy tranquila, y con mucha calma observaba el arsenal de trastes plásticos que los cuereros exhibían.
Ahora, después de analizar más profundamente la situación, puedo darme cuenta de la difícil tarea que debían realizar los Señores cuereros para llevar el pan a su casa, imagínense la distancia que tenían que viajar (se dice que venían del centro del país), para ganar unos cuantos sucres, caminar todo el día echados a la espalda la cantidad de trastes que llevaban envueltos en la base por los mismos cueros y el resto por una telaraña hecha de sogas, a veces sin tener que comer, en días calurosos o lluviosos tenían que trabajar, sin la cercanía de la familia, tan necesaria para los seres vivos, tenían que refugiarse, al caer la noche, en algún lugar en donde le ofrecían posada, maltratados muchas veces por su condición de “indio”, discrimen muy desarrollado en muchas mentes de la gente que en mi comunidad habitan y que penosamente aun no se ha podido abolir.
Dura situación, que demuestra la inequidad existente desde siempre y en nuestros días entre la gente ecuatoriana.
Singular hombre este que a veces acompañado por su esposa e incluso hijos o hijas, deambulaba entre las ralas casas de nuestra comunidad San Antonio; aquellos caminos frecuentemente eran pisados por aquel personaje que a la vos de “cambio cueros por bandejas, platos, baldes, bacinillas …” causaba a algunos si no a todos los muchachos un espanto terrible, pues se tenía en la cabeza la idea que el cuerero iba a amarrarnos de pies y manos, escondernos entre sus cueros y llevarnos lejos de nuestra tierra para vendernos o cambiarnos, como era costumbre para él, con más cueros, tamaña mentira patrocinada por las “cautas” mamás que utilizaban ese pretexto para impedir que siendo niños, corriéramos, como lo hacíamos siempre, a las vecindades o anduviéramos por ahí jugueteando.
Frecuente era también, ubicar a los cuereros sentados bajo algún arbusto que les ofrecía sombra, comiendo no se qué, tal vez sería mote, no sé, el hecho es que nunca nos atrevimos a acercarnos, pues el miedo era más fuerte que ese interés infantil de descubrir que es lo que comían aquellos personajes raros para nosotros.
En algunas ocasiones llegaban a nuestra casa, y cuando eso sucedía lo más conveniente era que buscáramos un lugar apropiado para escondernos, no vaya a ser que en realidad se tenga que marchar de lado nuestra familia sin poder despedirnos y sin poder siquiera respirar entre los apretados cueros que ellos cargaban; lo raro es que mamá no tenía miedo alguno, los atendía, a veces cambiaba algún cuero de borrego con unos jarros de plástico y algunas cosas más, en el proceso de negociación se la veía muy tranquila, y con mucha calma observaba el arsenal de trastes plásticos que los cuereros exhibían.
Ahora, después de analizar más profundamente la situación, puedo darme cuenta de la difícil tarea que debían realizar los Señores cuereros para llevar el pan a su casa, imagínense la distancia que tenían que viajar (se dice que venían del centro del país), para ganar unos cuantos sucres, caminar todo el día echados a la espalda la cantidad de trastes que llevaban envueltos en la base por los mismos cueros y el resto por una telaraña hecha de sogas, a veces sin tener que comer, en días calurosos o lluviosos tenían que trabajar, sin la cercanía de la familia, tan necesaria para los seres vivos, tenían que refugiarse, al caer la noche, en algún lugar en donde le ofrecían posada, maltratados muchas veces por su condición de “indio”, discrimen muy desarrollado en muchas mentes de la gente que en mi comunidad habitan y que penosamente aun no se ha podido abolir.
Dura situación, que demuestra la inequidad existente desde siempre y en nuestros días entre la gente ecuatoriana.
Muy interesante Jorge, de hecho recuerdo aquella presencia perfectamente, aunque también me acuerdo del “Jadán” … ¿Quién sería pues ese señor?
ResponderEliminarGracias hermano por tu nuevo aporte, es muy valioso.
Que bueno recoradar a aquellos personajes como el "cuerero", que muchos de nosostros lo hemos visto, era algo real y que ahora solo forman parte de un "cuento".
ResponderEliminarChévere que con tu relato nos hagas trasladar hacia el pasado y de paso reconstruir nuestras vivencias en San Antonio y, evidenciar una realidad injusta que aún perdura en nuestra sociedad.
Muy oportuno tu relato ¿Quien de niño no tenia miedo de ese extraño personaje llamado cuerero o "cachicaldo" como lo llamaban despectivamente mis compañeros de escuela. Espero que sigas refrescandonos la memoria y arrancandonos una sonrisa de añoranza de nuestra niñez.
ResponderEliminar