BIENVENIDA/O

Asociación Ecos del Huallil - Caja de Ahorro y Crédito "Ecos del Huallil"
San Antonio, Cuchil, Sigsig, Azuay.

Diego Moscoso - Administrador del Blog
cac.ecosdelhuallil@gmail.com

10 jul 2009

PIES DESCALZOS

Autor: Ramiro Zúñiga Moscoso
SOCIO DE LA CAC-EH


MEMORIAS INFANTILESCAS

Como añoro esas tardes en San Antonio, mi tierra adorada; donde solía ascender la montaña próxima a la casa de mis padres – en un tiempo también mi morada - para observar atónito ese cielo rojo como el fuego perdiéndose en el horizonte tiñendo de dorado las laderas de las pardas montañas cubiertas de vegetación chaparra. Ese radiante sol como un enorme disco de fuego que hería mis pupilas al contemplarlo y que coronaba las heladas cumbres del milenario Huallil.

Lejos solía verse al tío Mario viniendo de ver a sus vacas o a mis primos Jorge y Diego llevando a los borregos, con el saquillo de hierba al hombro; o a mi abuela caminando por el patio de su casa; o más arriba, en el camino entre el monte era común ver a don Arnoldo arremangado sus pantalones hasta las rodillas con un sombrero raído su abundante barba de avanzada edad y cargado sobre sus hombros una pobre carga de leña y delante de él, orondos caminaban sus chivos. Y mientras todo eso sucedía me deleitaba perdiéndome en mis sueños infantiles – en mi imaginación – con el vibrar de las cuerdas de un charango similar a la caída de una lejana cascada o el vibrar del viento con las dulces notas de una zampoña enamorada. Imaginando otros mundos, planeando estrategias, construyendo sueños y de pronto despertando a la realidad. En ese lugar cuando caía la noche, sentado en una rústica y milenaria piedra, y mientras el viento helado de la noche cercana abofeteaba mi rostro, recordaba tantas cosas que he vivido en estos parajes. Que nostalgia recordar mi agridulce niñez, los caminos por los cuales tantas veces había recorrido llevando a los borregos o cargando la hierba para los cuyes, seguido del leal amigo canino llamado “chapulín” el mismo que tuvo un final siniestro al morir envenenado; u otras veces ayudar a papa a trasladar sus vacas con un temor intenso de que estas -y en la mayoría de veces acontecía- enredaran su extremidades anteriores con la soga que las sujetaba y ante tal situación ver estallar el coraje de papa era algo terrorífico.

Recordé el lugar donde enterramos al Tigre (así se llamaba un hermoso perro que nos regalaron y cuyos colores matizados de blanco con óvalos negros uniformemente repartidos eran inexplicablemente asombrosos). Aquel siniestro día en que lo encontramos muerto – luego de haberse tomado la cicuta – lloramos en silencio sobre su yerto cadáver. Luego lo trasladamos en una comitiva fúnebre formada por unos primos vecinos (Pato, Sandrita y Fanny) y mis hermanos y con la honda pena en el alma, allí, en un hoyo improvisado, al pie de un vetusto árbol de gañal le dimos el ultimo adiós a tan caro amigo; con las lagrimas a punto de estallar en nuestros parpados. Posteriormente colocamos una cruz de madera elaborada por mí, sobre su fresca tumba, mientras nos preguntamos hacia donde iría su alma. Todos inocentemente suponíamos que en ese momento debía estar correteando por los campos del paraíso – con los demás perros fallecidos – con su cola levantada, su húmeda lengua colgando de su boca y jadeante como cuando en un arrebato de felicidad venia a mi encuentro dando saltos de alegría al divisarme a lo lejos.

Recordaba también a mi abuelo de regreso a casa desde Habashuayco viendo a sus animales, con su humeante cigarro -obra de su propio arte- su machete recostado oblicuamente sobre su brazo, su sombrero de ala ancha y su prominente y espesa barba negra que yo solía relacionarlo con el Che Guevara o esos personajes revolucionarios de antaño – como tal era su ideología. Solía acompañarlo siempre un fiel perro llamado Titán que tuvo un final idéntico al de mis amigos caninos. Aun recuerdo a mi abuelo, en las tardes sentado en el patio en una silla de madera disfrutando de su libro favorito mientras degustaba de su cigarro, o entonando en su guitarra dulces notas de lejanas canciones. De sus canciones que se perdieron en el tiempo mas no en su memoria.

Hasta hace poco volví a aquel lugar que fue testigo de mis confidencias y de mis pesares. No había cambiado mucho, de hecho nada, con su mismo aire melancólico y solitario. Con pena advertí que aunque ese lugar se mantiene intacto todo a su alrededor había cambiado sustancialmente. Todos - o la mayoría - hemos partido hacia otros destinos, buscando otras vidas, quizá otras muertes. Ya no veo a la misma gente, mis amigos se han ido, los niños que dejé cuando partí de mi tierra ahora los veo convertidos en jóvenes a los que en su mayoría ya no los reconozco, y algunos viejos – incluyo Don Arnoldo, el emblemático viejo– se han marchado al otro lado de la vida.

A veces -por no decir siempre- cuando con tanta tristeza recuerdo esa niñez de feliz convivencia con mis tíos con los cuales jugaba en mis acostumbradas ranclas de casa escapando del eterno martirio de tejer el sombrero de paja toquilla, huyendo por entre la chacra de la persecución de mamá con el cogollo de paja que obviamente no lograba alcanzarme gracias a mi velocidad. Aquel momento de incertidumbre tenía su recompensa: disfrutar de las incomparables galletas de vainilla adquiridas en la tienda y acompañar a mis tíos favoritos a llevar a sus borregos a casa en esas tardes doradas, con ese cielo rojo y en mi memoria esa celestial música latinoamericana que me llevaba a vivir en países imaginarios.

Y con gran nostalgia recordaba aquellos felices domingos de reunión improvisada de primos en casa de la abuela. Improvisada digo porque sin ponernos de acuerdo coincidíamos en el mismo lugar y a la misma hora – coincidencia que se convirtió luego en costumbre- y nos perdíamos en nuestros juegos, en nuestras diabluras y riñas eventuales. Jugábamos a veces sin importar el tiempo mismo que a veces lo prolongábamos hasta muy entrada la tarde, y después de aquello la abuela nos obsequiaba el tan apetecido “mote con dulce” que era una golosina sin igual para mi tiempo y con gran algarabía devorábamos en mesa general aquel dulce manjar de mi niñez. En otras ocasiones entusiasmados y en desordenado jolgorio empujábamos el carro tablero mientras uno de nosotros lo conducía y otros primos copaban el espacio disponible en una simulación inocente de viaje al Sigsig, el mismo que para mi época consistía en un privilegio especial para los bien portados. Obviamente estaba excluido de la opción.

Y continuando con mis memorias recuerdo también el triciclo de madera artísticamente elaborado por el tío Olmedo (que a veces se incluía en nuestros juegos antes de que se fuera para Cuenca), como lo era también el carro tablero, la carretilla y una serie de atractivos que tanta atención recibían de mi parte. Y a propósito de carro tablero me viene a la memoria aquellos días cuando organizábamos un viaje a la loma de Pingllo, viaje generalmente comandado por el tío Olmedo seguido por una veintena de sobrinos, jadeantes, con las caras rojas por el cansancio pero con la ilusión del regreso que con frecuencia era un espectáculo algo fantástico; el carro lleno de guambras entre risas y gritos unos mas de susto que de gusto, (con los ojos desorbitados y agudos gritos de fingida alegría) pero al fin llegábamos al punto de partida comentando los pormenores de la travesía. Y precisamente en uno de estos acostumbrados viajes cuando al llegar a casa de la abuela sufrimos un aparatoso accidente dando con nuestra humanidad en el suelo, quedando prácticamente atrapados debajo de la estructura de madera del vehículo. Y lo más cómico, era ver salir uno a uno a mis primos con brazos lastimados, afortunadamente de manera leve, codos sangrantes, rodillas en la misma situación, cara rallada y lo peor con la vergüenza palpitando en la cara al darnos cuenta que nuestros tíos y abuelos habían presenciado la escena. Pero faltaba alguien ¿Dónde puede estar? ¿A dónde habrá ido? De pronto alguien sale debajo de los escombros. Tiene un aspecto lamentable, cubierto de polvo y llorando escandalosamente. Es Jorge; uno de los primos que participó del siniestro y seguramente fue el más afectado o tardó en darse cuenta de la situación. Cuanta nostalgia siento al recordar en estas tierras lejanas donde me encuentro; esos inolvidables juegos infantiles que hacían olvidarme del otro lado de mi niñez que a veces me place olvidar.

7 jul 2009

KILOMETROS DE SUDOR

Autor: Efrén Ubaldo Moscoso.
Socio CAC-EH

Escribo estas notas mientras en la radio suena una canción de Pueblo Nuevo, me ilusiono cuando escucho - “Seremos el pueblo nuevo, seremos el nuevo día, despiértese compañero la lucha ya se avecina…despiértese compañero cantemos al nuevo día”. Me recuerda a mi padre y a aquella época de cambios que vivió la comunidad de San Antonio, aquella época que la gente campesina empezó a pensar, a despertar y a creer en la organización comunitaria. Tiempo olvidado por muchos, recordado por quienes tienen memoria y gratitud, criticada por aquellos que por cuestiones de exclusión no tuvieron la capacidad de entender los cambios que se venían.

El cambio se empezó a generar desde la Iglesia progresista comprometida con el pueblo, de acuerdo a la encíclica Populorm Progressio, cuyo sustento central es el trabajo preferencial por los más pobres. El padre Cornelio, párroco de Ludo inició con estas reflexiones y encontró en Ángel Moscoso una persona visionaria, de temple y de gran solidaridad en donde poner las bases y apuntalar los pilares para generar cambios en la comunidad de San Antonio.

San Antonio, hace tres décadas, era un pueblo aún sin vías de comunicación, la trocha desde el sector del Lastre hasta la parroquia de Ludo se abre en los años 1976-1977 a base de mingas; días y días multitudes de gente trabajaban, hombres, mujeres, jóvenes con sus picos, palas, barretas y machetes, trabajaban y trabajaban. Era de ver hombres con pies descalzos cubiertos de tierra, otros con botas de caucho, la mayoría con sombreros de paja, mujeres con sus chalinas coloridas y faldas plisadas, jóvenes pintiparados intentando llamar la atención de alguna chica coquetona. Nadie les pagó un centavo, incluso algunos días no almorzaban, sin embargo les mantenía viva la esperanza de terminar por lo menos un camino, camino que acortaría la distancia entre aquel pueblo escondido debajo del Huallil - San Antonio- y las parroquias de Ludo, Cutchil y el Sígsig.

Ángel Octavio Moscoso Zúñiga lideró el trabajo, apoyado por líderes de la comunidad de San Antonio y de las comunidades vecinas. Aquél hombre de barba abundante, zambo, de frente amplia, de contextura delgada, alto, de manos grandes, ásperas y fuertes, poseedor de una inteligencia envidiable; no tenía el teodolito como los topógrafos ni el casco de los ingenieros, tampoco el jeep para movilizarse. Tenía los pies fuertes para caminar, sus botas siete vidas, una esposa comprensible y las ideas claras: unir los pueblos, hacer que la gente despierte del letargo. Construir la trocha fue la estrategia y el pretexto para juntarse y conversar, reflexionar para hacer que empiece a nacer la conciencia en cientos de hermanos, fue la meta.

Con suspicacia, buen olfato, un gran corazón y una dosis de nerviosismo como era costumbre en él, se dio el primer paso. Puso la primera estaca y se empezó a romper la tierra, poco a poco, primero don Angel y luego los demás, subieron por los cerros y rompieron las rocas, bajaron por las quebradas, pisaron el lodo, cruzaron arroyos, sintieron el cansancio de la tarde que se termina mientras el sol da su último alarido. Desde Ludo pasaron por Bolo, Iguila, Loma Larga, Buena Vista, Gullanpugro, Sarar, Leonhuaico, Marinloma, Bante, Loma de Pinllo, Shahualguche, y finalmente el Lastre.

Con que perfección se fue formando el camino. La trocha fue delineada con gran precisión. Para asombro de muchos, años después, cuando se construyó la carretera, los teodolitos manejados por los ingenieros curiosamente iban marcando exactamente por los mismos sitios y lugares por donde de una manera empírica fue el primer camino que hace algunos años fue dirigido por aquel compañero Ángel, como lo decían en la comunidad.

Se terminó de construir la trocha, la gente iba y venía por el camino nuevo, cargado su alforja a veces vacía pero llena de esperanzas. Se veía a don Marcos Brito, a Don Ceferino, Señora Carmelina Brito, Don Héctor, el Chillimuco, Cristo Fernández, Don Bautista, Don Neptalí, Don Gerardo Zúñiga, Don Honorio Molina… y muchos personajes que ya fallecieron, paso a paso cruzaban lomas y quebradas hasta llegar al calor de sus casas.

Pero don Ángel tenía que trazar otro camino, quizá el más difícil, rocoso y pantanoso, el que implicaría mayor esfuerzo aún, aquel camino que produjo cambios en el pensamiento de las personas, aquel camino liberador, cuyo gran propósito era disminuir las desigualdades sociales y vivir con solidaridad entre hermanos.


¡ASI FUE MI PADRE!

26 jun 2009

ECOS DEL HUALLIL: UNA SEMILLA SEMBRADA EN TIERRA FERTIL

Por: Efren Moscoso
Socio de la CACEH.

Tradicionalmente nuestra familia suele reunirse en ocasiones especiales, con mayor frecuencia en las fiestas de carnaval, en el día de la madre y en navidad, en estos encuentros los temas de conversación han sido bastante diversos: la familia, la agricultura, las enfermedades, la pobreza, los problemas económicos y familiares, el trabajo, la muerte de nuestro padre, en fin, toda una gama de temas que son costumbre traerlos a colación mientras se toma un delicioso draque con agüita caliente, un cafecito con pan o se disfruta de la comida típica de nuestra querida comunidad de San Antonio.

Nuestra familia, a pesar de tener un mismo origen, sin embargo es muy diversa en su pensamiento, en la forma de ser y en la manera de enfrentar los problemas. Compartimos problemas comunes, quizá el más frecuente es vivir con una escasa economía a pesar de trabajar bastante en diversas actividades; siempre hará falta dinero para apoyar en la educación de l@s hij@s en el colegio, en la universidad; sin embargo, lo que siempre está asegurado es la alimentación diaria aunque haga falta otras cosas que se necesitan y que son complementarias para el desarrollo total de los seres humanos.

La situación económica fue uno de los problemas que se volvió reincidente en las conversaciones y que probablemente fue lo que nos motivó a tod@s. Qué hacer para mejorarla?. Será posible? Preguntas que deambulaban insistentemente en algunos cerebros; y es en ese pensar y volver a pensar, dudar, sentir miedo, cuestionar, conversar y conversar en la mesa, en el patio,…allí nace la idea de unirnos. La unión hace la fuerza dice un viejo adagio popular - que gran verdad.

Juntamos nuestros pensamientos y empezamos a crear ideas nuevas, a preguntar y repreguntar, a creer en nosotr@s mism@s y en nuestras capacidades – indudablemente nuestra familia tiene una multiplicidad de personas muy capaces y con valores humanos inquebrantables-. Al fin, germinó la semilla y empezó a brotar débilmente, se fue fortaleciendo a medida que también fue creciendo.

Allí nació la idea de crear una caja de ahorro y crédito, pero esta iba a ser diferente, no con la idea de hacerle el juego a este mundo neoliberal y globalizado, sino con la idea de una economía familiar solidaria, caminando y creciendo tod@s junt@s. Aquí no hay jefes ni súbditos, ni ilustrados ni inspirados .Tod@s somos muy importantes para que junt@s construyamos un proceso que seguramente será el aprendizaje que dejaremos a nuestr@s hij@s. Trabajar con solidaridad, transparencia y con mucha confianza en las potencialidades que tienen y tenemos cada un@ de nosotr@s son bases que sostendrán nuestra edificación.

Hemos cumplido dos años de vida y nuestra familia se ha fortalecido en el aspecto humano, creemos en nosotr@s, somos mejores que antes, pero también nuestra caja ha crecido, nos hemos puesto nuevas metas, aunque todavía falta mucho por hacer. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”; en ese recorrido nos damos la mano y vamos junt@s, nos apoyamos y salimos adelante. No queremos que alguien se quede, unidos somos más fuertes.

23 jun 2009

RECUERDOS INOLVIDABLES

Por: Adrianita Moscoso
No he tenido la gran dicha de vivir en San Antonio ya que mi familia, emigro a otras ciudades en busca de nuevas oportunidades, pero debo decir que en ese pueblo tan pequeño he vivido grandes momentos inolvidables de mi niñez...pues bien, cada vez que tenía algún tiempo escolar libre lo visitaba junto con mi abuela, especialmente… la verdad que son recuerdos vagos pero imposibles de olvidar, recuerdos que emergen por si solos, esos recuerdos que te hacen retroceder en el tiempo y vivirlos otra vez, definitivamente un hecho ineludible y especial para mi…

Puedo decir por ejemplo algo que recuerdo con gran añoranza: la gentileza de sus habitantes, su amabilidad su hospitalidad y su gran curiosidad por las cosas nuevas así como su gran deseo por prosperar, también quiero destacar algo que considero primordial que es la gran abundancia de valores morales, que existe en esa comunidad, ya que aunque pocos me conocían siempre recibía un cordial saludo, una gran sonrisa de todos y siempre dispuestos a ofrecer ayuda por si podríamos necesitarla, su gran empeño al trabajar para sustentar a la familia, honradez, sencillez, humildad etc.,

Podría nombrar infinidad de cualidades pero además quiero hablar de las familias en conjunto, el ambiente familiar es muy agradable y tranquilo en donde siempre hay un mutuo respeto; las mujeres, incluso los hombres elaboran sombreros y otras artesanías de paja toquilla, es una tradición que va de generación a generación, lo realizan como un aporte económico para su hogar o simplemente como un pasatiempo; también se realizan reuniones familiares en donde se brinda un café o bebidas más fuertes procedentes de la caña de azúcar… los niños son muy juguetones y muy creativos al no tener recursos suficientes para permitirse las nuevos lujos tecnológicos, todo se lo dejan a su imaginación lo cual me encanta y me sorprende.

A parte de eso, recuerdo los olores, los sonidos, las vistas que me brindó ese hermoso paisaje: el olor de las rosas y plantas ornamentales, el sonido de los pájaros que cantan por la mañana, el sonido que produce las caminatas mañaneras de su gente y sus conversaciones, la visión de ese paisaje verde, florido y todos sus colores; sentía también el frío del viento, pero el calor del sol al mismo tiempo; y toda mi familia mi gran familia a los cuales quiero mucho, ahora que estoy muy lejos…
solo quiero dejar este recuerdo.

17 jun 2009

REFERENCIA A LA TIERRA MÍA

Por: Jorge Moscoso
Socio de la CACEH
Un pueblo casi olvidado, por décadas, yace en extrema tranquilidad en medio de la magia natural formada por los extensos pajonales de Amorgeo y el majestuoso Huallil, que lo circundan; fuentes de la cual proceden aquellos páramos intensos y fríos que ocasionalmente azotan a los caminantes que deambulan por los caminos barrosos y de distintos colores.

Un pueblo cuya historia florece, por la relación mantenida durante décadas, con la cultura que fuera una de las más importantes en el país, me refiero a la cultura cañari, la cual movilizó una de sus variantes, Tacalshapa, a las inmediaciones de lo que hoy es San Antonio de Jacarcar.

Un pueblo donde la gente mantiene encendidas las esperanzas de ver un futuro mejor, que permita acceder a una mejor calidad de vida; gente que poco a poco va despertando los ímpetus de trabajar solidariamente en función de conseguir mejores condiciones económicas.

Un pueblo en donde la tierra fértil y el agua recreándose por los poros de la misma en donde se la vea, espera ansiosa las manos hábiles de los hombre y mujeres que puedan trabajarla y hacerla producir.

Se abren y extienden, por lo tanto, las expectativas de todos quienes pertenecemos a esta nuestra tierra y la queremos ver florecer, teniendo como fuente la organización que nace en el seno de la familia y que pretende infiltrarse en la mente y los corazones de los jacarqueños.

15 jun 2009

RECUERDOS Y AÑORANZAS DE MI NIÑEZ

Por: Saulo Roldan Moscoso Zúñiga, (El Saulo grande).
Aun tengo el olor de aquel patiecito pequeño de tierra y hierba en donde en mis primeros años jugábamos con mis hermanos, entre saltos de frió de nuestros pies descalzos y con la mirada a aquel majestuoso Huallil, por donde asomaba el hermosos sol con sus primeros rayos dorados de abrigo que se convertía en nuestra mayor alegría.

Cómo recuerdo aquel tiempo de nuestra casita de paja, en donde se unía nuestra felicidad envuelta con el humo que salía por aquella chimenea de paja y en aquella pequeña cocina mi querida Madrecita cocía los choclos, Abas, mellocos, fréjol y tantos productos mas que producía nuestra parcelita.

Entre bostezos y las ganas de comernos la comida a medio cocer, con la mirada hacia la larga travesía por donde venia mi querido Papacito de la otra parcela en donde tenia vacas, ovejas y siempre un caballo y en esa espera y oyendo la dulce voz de mi Mamita que decía, “espíen ya no mas viene tu Papá para comer iguales” de pronto a lo lejos veíamos venir a un señor puesto un sombrero de paja, un poncho rojo, unas botas grandes; en su espalda una carga de leña, en una de sus manos un machete y en la otra un balde de leche que se convertía en nuestro alimento diario, era mi querido Papacito que nunca se olvidaba de proveer todo lo necesario para el bienestar de nuestro hogar. Después de llenar nuestros estómagos salíamos a jugar en el bosque natural que teníamos bajo un canal de agua cristalina y se alargaba casi desde nuestra casita, aun recuerdo el aroma de los ashapos florecidos, los capulies, tolapos, joyapas, tiras, güicundos, teníamos nuestros caminos por que nos parecía unos enormes árboles.

Cansados de jugar a las escondidas y trepar en los árboles volvíamos a nuestra casita en donde nos esperaban mis Papacitos con una radiante sonrisa.

Cuanto añoro esa felicidad, ese calor de hogar; Quiera volver a ser niño.